El paternalismo paralizante

Por Julian Espinel 4 min

En los últimos días, ante la coyuntura política y electoral en Colombia, he pensado que uno de los problemas más profundos del país no es económico ni institucional. Es cultural. Es la mentalidad de que como individuo no puedo hacer nada frente a los problemas del país, así que debo esperar a que el Estado los resuelva. Esta mentalidad hace que cada dificultad termine convertida en una exigencia política y que cada situación adversa sea interpretada como ausencia del Estado. Considero que esta forma de pensar no solo es equivocada, también explica por qué el país avanza lentamente y por qué elige a los políticos que hoy ocupan la rama ejecutiva.

En Colombia se ha normalizado la idea de que los ciudadanos deben esperar a que el Estado actúe. Si los salarios no alcanzan, el gobierno debe decretarlos. Si suben los precios, el gobierno debe regularlos. Si un sector no funciona, el gobierno debe intervenirlo o rescatarlo. La acción privada muchas veces no es considerada o queda relegada a un segundo plano. El resultado es una sociedad que delega responsabilidades y se limita a esperar la acción del Estado, una acción que suele ser demorada e ineficiente.

Es relevante entonces plantear la siguiente pregunta: ¿para qué existe realmente el Estado? En la práctica, solo hay dos funciones que justifican su existencia. La primera es garantizar la seguridad (urbana, rural y fronteriza). La segunda es operar un sistema de justicia imparcial que haga cumplir las reglas de forma rápida. Ambas son indispensables, ya que sin seguridad no hay inversión ni cooperación, y sin justicia no hay competencia, contratos ni propiedad privada. Los otros problemas los pueden resolver los ciudadanos a través de empresas y organizaciones sin ánimo de lucro de carácter privado.

Cuando el Estado cumple estas dos funciones básicas, su rol económico se reduce a remover obstáculos, no a dirigir la actividad. La economía no necesita ser dirigida desde el poder político. Necesita reglas simples, previsibles y neutrales. Permitir, por ejemplo, que empresas ofrezcan productos y servicios sin autorizaciones o requisitos innecesarios no implica ausencia de responsabilidad. Implica que el daño se castiga cuando ocurre, a través del sistema judicial, en lugar de prohibir la actividad por defecto mediante leyes o decretos.

El objetivo del Estado no debería ser garantizar bienestar. Su función es más modesta. Debe garantizar un campo de juego nivelado donde todos participen bajo las mismas condiciones, sin privilegios ni favoritismos. El Estado no debe elegir ganadores ni proteger sectores. Debe limitarse a aplicar las leyes y a hacerlas cumplir de forma consistente.

El problema aparece cuando el Estado intenta ir más allá de estas funciones. La regulación reemplaza criterio por burocracia. Los subsidios reemplazan responsabilidad por dependencia. El proteccionismo reemplaza competencia por exclusión. Cada intervención genera más demanda de acción estatal, creando un círculo vicioso en el que todos esperan y nadie actúa.

Creo en un país donde los ciudadanos dejan de esperar la acción del Estado y asumen la responsabilidad de resolver los problemas de acuerdo a sus valores e ideales. ¿Queremos mejor acceso a salud? Creemos empresas que presten servicios de salud de calidad. ¿Queremos más acceso a educación? Construyamos universidades privadas con altos estándares académicos y programas de becas para quienes no pueden pagarlas. Y para quienes creen en la redistribución de la riqueza, empiecen por la propia. Entreguen sus recursos a quienes consideran que más lo merecen o lo necesitan. Hoy nada les impide ser consecuentes con sus ideales.

Colombia no necesita un Estado más grande ni más paternalista. Necesita un Estado concentrado en seguridad y justicia. Necesita una sociedad que deje de esperar a que la política resuelva lo que puede resolverse con acción, iniciativa y cooperación entre privados. Menos Estado no significa ausencia de reglas. Significa pocas reglas, claras y aplicadas a todos por igual. El progreso empieza cuando dejamos de esperar a que un tercero venga a suplir nuestras necesidades.